Ante la pulcra mirada del silencio solo queda la destrucción de mis deseos, ese dolor agudo y severo que recorre mi lucidez. Y me da miedo reconocer que eres mi máxima inspiración, la demencia que se oculta en mi consciencia. Tú y solo tú desatas mi odio más crudo y mi pasión más violenta; haces que mis vísceras revienten en una explosión brutal contra la realidad evidente, (esa que siempre está y que nunca vemos) me asfixias con tus lánguidos y blanquecinos brazos convertidos en muerte, me reduces a trozos, a retazos inconclusos y ciegos que chocan una y otra vez contra la misma puerta.
El sinsentido de nuestras vidas, el poco valor del todo, nuestra propia consciencia expuesta a un examen valorativo y crítico, el rugido triste de una muerte inevitable, nuestros caminos irregulares trazados con la regla del destino, la sangre caliente del inocente, el cosmos expuesto al caos, los burdos valores que rigen nuestros actos, el hombre como máximo enemigo de sí mismo.
Y aquél mundo idealizado se pierde ante lo hipócrita de nuestras palabras, ante la avaricia que nos ciega y cautiva, ante los placeres terrenales y apetitivos, ante la trivialidad de nuestra existencia. Creemos en un más allá inexistente, incoloro y salado que desgasta nuestra lógica y reduce nuestra claridad mental. Los profanos danzamos al son de esa demoniaca canción llena de vida mientras los sacros huyen a su falso edén aferrándose a su ingrávido y “omnipotente” Dios que todo ve y todo crea; y ante el declive final todo queda reducido a una totalidad igualitaria, a una manada de creyentes piadosos y fervorosos con diferentes entes a los que alabar, a los que adjudicar nuestra muerte, nuestra vida, nuestra propia existencia.