Mientras estaba sentada en una de las desgastadas y verdes sillas mirando al vacío un ser extraño se acercó poco a poco y finalmente se sentó frente a mí. Su enorme sudadera le cubría las rodillas y sus blancas converse llenas de pintadas y suciedad recogida a lo largo de muchos años me hicieron despertar de mi enajenación. Al observar un poco más descubrí un libro entre sus manos, lo leía con tales ganas que me invadieron unas enormes ansias de saber de que trataban esas líneas negras y borrosas que se veían desde mi sitio. Al pasar una enorme ráfaga de aire su cuerpo exhaló un fuerte olor inconfundible: el tabaco y el chicle de menta se peleaban entre sus ropas intentado vencerse el uno al otro con tal de apoderarse por completo del cuerpo pulcro en el que se encontraban. Al sonar nuevamente la voz adormecida por el altavoz ambas nos levantamos y salimos al frío feroz de la calle, pude observar sus pantalones negros y caídos huyendo de la escena y su breve presencia se disolvió entre las sobras de la noche. No la volví a ver más.
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