El manto de transparencia oscura cae lánguidamente sobre nuestro hálito mientras (inevitablemente) la marcha egoísta de los cojos acróbatas atormenta al silencio calculador de nuestras oprimidas mentes. En el ayer obvio del mundo éramos invencibles; el pasar constante del viento nos hacía creer en un “para siempre” engañoso y mudo. Realmente esta es la gran mentira universal, la existencia camuflada con verdades ficticias y maliciosas, los mismos seres como espectadores del mismo acto catastrófico.
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