Hoy los atardeceres se convierten en mantos rojizos atizados por lo cálido del viento. Hoy me encontré frente a la misma pared azulada preguntándome si mis palabras podrán impedir que el silencio se instale completamente en mi ventana como un ojo vigilante que trama su propia destrucción. Hoy no hay soleadas pinceladas en el firmamento, ni siquiera hay coches ruidosos vagando por las calles, creo que sin quererlo hemos muerto en el mutismo de un domingo cualquiera, en un minuto cualquiera, con un pensamiento cualquiera.
Aún puedo cambiar mi desgracia prolongada por un placer efímero.
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