Sus pelo siempre desordenado por el viento o por sus manos viciosas se agitaba con simpatía mientras conducía hacía aquel lugar que desconocía. Las zapatillas sucias y desteñidas apretaban el acelerador con una pasión indiscutible, para él la velocidad era sinónimo de libertad, abría todas las ventanas y el aire chocaba contra las paredes suaves de su viejo coche gris. Escuchaba esa alegre canción que repetía una y otra vez “fuma, fuma, vive siempre fumando” él no fumaba normalmente y cuando lo hacía era un momento de éxtasis, de goce incomparable; amaba ver como el humo se elevaba de su boca y formaba abstractas figuras en el limpio aire que se atemorizaba con el contacto de aquel ser denso y blanquecino.
Él era como la imagen masculina de ella. Ella en el sitio del copiloto o como lo denominaban sitio del amante de la carretera, observaba de forma casi celestial el paisaje que lentamente iba dejando atrás, ese paisaje violado por su mirada que se desvanecía en su recuerdo a los pocos segundos.
Sin pensarlo cambió de canción y la alegría se transformó en inmortalidad, en ese sentimiento indescriptible que te produce un beso inesperado, una caricia sabia o un abrazo húmedo y lleno de sexo; “Salome” de Peter Doherty…
Condujeron noche y día amando aquel mundo que los rodeaba, amando aquella soledad permanente del paisaje, aquellas notas que levitaban en el aire, aquellos suspiros que ambos dejaban escapar en el momento culminante donde mueren y reviven las canciones, amándose mudos y atentos a todo aquello que quedaba por recorrer.
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