Siempre que muero por cosas y circunstancias inexplicables mi corazón deja de ser corazón y se convierte en un motor de pensamientos que se incrustan en mis venas y no permiten que circulen bien mis respuestas.
Me considero a veces demasiado débil, inmadura e incoherente y es que las nubes bastas que aún deambulan por los rieles claustrofóbicos de todos mis malditos miedos me ahogan con el gas insoportable de la realidad: esos hechos que acontecen y nunca más retroceden, esas palabras que nacen y mueren en el acto, todos esos sentimientos que terminan siendo frustraciones ocultas tras paredes blancas que atrapan la contención sexual de cuerpos heridos y encarcelados en la prisión del tiempo, todas esas caricias que se convertirán en recuerdos cálidos que provocan escalofríos líquidos, todo esto que sé que mañana será un simple adiós del ayer…
No sé como adentrarme en esa maldita montaña de cosas por hacer, porque no soportaré que los insoportables segundos me pisen y me priven de mis dulces y sucios deseos, de todas esas metas que necesito (para valorarme más a mi misma) conseguir, de todos esos gritos y risas que tengo que emitir como bestia maldita en un infierno sin fuego ni demonios, de todos mis pensamientos que aún odiándolos los amo porque son (ellos) lo que realmente soy.
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