La angustia es como una termita enorme que devora lentamente hasta el último de tus órganos. Una vez inicia no para, se esconde en tus huesos y en lo más profundo de tus nervios, siempre atenta y certera.
Una buena canción consigue despertar hasta el último de tus instintos, desde las ganas de sobrevivir hasta las ganas de morir en una calle oscura y poco transitada. Suelo escuchar canciones que me hacen renunciar a mi corporeidad y descender a lo estrictamente inmaterial. Suelo sentarme en mi balcón. Me gusta sentir el sol de invierno calentar mi cuerpo, comer alguna fruta fresca mientras pienso en lo mal cuidado que está mi jardín, algunas veces veo los aviones pasar y juego a imaginarme el destino de aquella ave de lata. Mis días pasan aturdidos y despistados, mi balcón consigue atarme nuevamente a la realidad, dejo los pies colgando y la brisa me mueve el cabello, me desnudo y me extiendo en el suelo junto a aquel sentimiento desprotegido; suelo recordarte cuando miro el cielo, suelo sentirte a mi lado en esos momentos de gloria y serenidad.
Antes de decidir qué hacer debo situarme en algún lugar seguro y pensar, suelo anteponer mi razón a mis sentimientos pero en esos pocos instantes en que hago lo contrario mi vida se desborda como río que fluye sin rumbo. Realmente no tengo claro lo que quiero, quizá deba anteponer en todo momento mis sueños al deber, mis locuras internas a la imagen severa de mi censura o quizá simplemente me convierta en una humana corrompida por el paso de los años, una mujer sin ilusiones de buscar, de encontrar. Por ahora simplemente seguiré plantada en mi solitario balcón intentando no pensar en lo inconstante del mundo, en lo inseguros que se han convertido mis pasos, en ti…
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