Ella era tan hermosa… Envuelta en su vestido ligero se balanceaba de un lado a otro mientras su tristeza abrazaba sus pálidas piernas. Todo en ella era fugaz: el color grisáceo de sus ojos, esa intensidad indescriptible de sus palabras, sus suspiros que existían mientras morían en el aire vagabundo que envolvía su corto pelo.
Ella era el delirio personificado, el sexo húmedo de mi mente impasible, la lengua voraz que roza y quema. Ella era la muerte de mis silencios, el abismo de mis miedos, la fulminación total de mi soledad. Ella era realmente el vacio de mi plenitud, aquello incomprensible y borroso que no se puede guardar en el armario de mis sentimientos, era ese oculto placer que vislumbraba mis deseos, esa gota venenosa que recorría mi cuerpo.
Esa era ella, sublime e inmortal como siempre, atónita y callada como siempre…
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