Ella era como un rayo de sol, como el rayo de sol más brillante jamás visto. Ya a la corta edad de diez años leía a escondidas las novelas rosas que su abuela ocultaba debajo del roído colchón de su habitación. Ella, tan pulcra y dulce se imaginaba las curiosas escenas que se describían en las interminables páginas de sus amados libros, aquellas orgías multitudinarias que no distinguían sexo ni edad, los sacrificios del cuerpo y las desgarradas sensaciones que las muchachas que protagonizaban las novelas debían experimentar al sentir como un falo se introducía en sus entrepiernas.
Lucie era la lujuria oculta bajo capas y capas de ropa, su cuerpo delicado y joven derramaba ondas de deseo. Más allá de su cuerpo estaba el infierno, la perdición de la cordura, el derrame total de la razón; más allá de su cuerpo solo había dolor, ese dolor punzante e hiriente como agujas que se clavan en el alma, más allá solo estaba la nada.
Ella me embrujó sin piedad, me destrozó el corazón y me convirtió en sumisión. En sus días vagos y cambiantes rondaba por mi cama, a veces desnuda y a veces vestida todo dependía de su maldito cielo, de sus pensamientos llenos de sed o de saciedad, de infinito deseo o de absoluto desarraigo emocional con el todo.
Todo era delirio, ya nada quedaba intacto… tan solo su mirar, sus ojos amargos y groseros; aquellos cristales inmaculados… ¡era la jodida imagen del caos más absoluto e irremediable!, ¡era el demonio encarnado en miradas, en fluidos vaginales!
Recuerdo sus palabras lentas y certeras, siempre llegaban al lugar donde debían, a la llaga supurante e infectada. Siempre me decía lo mucho que deseaba alejarse del mundo, del ruido que según ella se había instalado en su interior pero ese maldito ruido no era más que abstinencia sexual acumulada. Me obligaba a cometer actos impuros y travesuras imprudentes a altas horas de la noche, las dos gemíamos, nos drogábamos y desaparecíamos en un no sé qué imposible de describir.
Ante su repentina partida mi cielo se convirtió en sepulcro. Huyó sin más de mis brazos y me dejó con las piernas encima de la mesa y con un vaso de leche medio lleno que amenazaba con derramarse encima de mi desnudo cuerpo. Nada más sucedió, nunca más volvió; su repentino desvanecimiento me llevó a la perdición, a la reducción de mi misma en despojos humanos, al conocido y muy visitado país de la soledad.
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