Las calles oscuras se abren ante mis ojos como lánguidos gusanos de cemento; desciendo por aquella pequeña avenida abarrotada de cuerpos cilíndricos y difuminados que rápidamente desaparecen. Siento mis palpitaciones convertidas en ruidosos tambores acompasados, una mezcla de pensamientos dramáticos y miedos aterradores me acompañan en el descenso infernal. Me encuentro delante de mi propio destino, ¿debo adentrarme en aquel lugar tenebroso del cual conseguí escapar? miro a ambos lados de la oscura callejuela y finalmente me introduzco en aquel cubículo asfixiante. Me encuentro perdida en cientos de cuerpos nauseabundos, no encuentro a mi alma y siento que mis piernas empiezan a temblar. Quizá esté nuevamente naufragando en aguas turbias, quizá haya muerto en mi último suspiro, quizá el opio ha penetrado en mi mente o simplemente habré caído una vez más en mis pesadillas mentales.
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