Quería seguir las líneas de mis manos sin cuestionarme nada, sin rugir frente al abismo, sin notar que la bifurcación me separa de lo que guardo en lo más profundo de mi cólera. Quería, pero no puedo. He llegado a la punta de un iceberg de flujos resbaladizos, y pestilentes. No sé si comerlos, limpiarlos, expulsarlos o simplemente seguir ignorando la realidad pútrida que tengo delante.
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