7 oct 2010

crazy train







Las mariposas azules vuelan como hojas livianas en el viento, se balancean y se desvanecen como lúcidos recuerdos que inevitablemente no podemos olvidar. 

La armonía perdida de nuestras vidas fue encontrada divagando entre pesadillas que no la dejaban dormir. 

Aquel miedo incesante no es más que el eco tormentoso de la soledad chocando contra el hermético vació.
  
A mi gato le gusta el aire, dice que se siente libre. 

El tiempo se ha detenido, estamos suspendidos en millones de partículas temporales que se atascan al intentar salir de este minuto interminable. 

Su risa era un huracán, una especie de ráfaga confusa que me hacía feliz. 

Aquella levedad del ser era tan excitante que casi me esfumo entre sus brazos. 

El sinsentido es lo más lógico que hay en la faz de la tierra. 

No me es necesario nada ya que nada perdura ante el abismo. 

Era un abstemio que todas las mañanas miraba fijamente el mar. 

La libélula destructiva me derribo, me pisoteo e hizo de mí un sucio despojo humano. 

Me gusta la palabra volver, al final todos terminamos regresando a lo más primitivo de nuestro ser. 

Sé que siempre descendemos como un peso muerto que cae, y sé también que es inevitable chocar contra mi propia realidad.

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